Te
pareces al humo que pinta cada cosa de un barniz blanco grisáceo. Todo lo que
tocas se vuelve encantado. Como de fantasía. Salgo a mirarte, a beberte, a
empaparme de ti la cara, el pelo, los ojos… Me quedo quieta, alimentándome de tu
energía universal.
Niebla
mía, ¿de dónde viene tu vaho?
¿Quién
te mojó las alas?
¿Qué aliento
te trajo a mí?
No vienes sola, porque una prístina
llovizna te hace llorar rocíos plateados. Me moja los brazos extendidos hacia el
cielo. Abro la boca y te bebo completa. Me llenas de un cosquilleo delicioso dejándome
perlitas minúsculas sobre la nariz. Me río en silencio. Canto melodías gozosas.
Niebla antigua, niebla mía de
tiempos pasados… nunca me olvidaste. Viniste a mí queriendo encontrar la pequeña
silueta que se quedó pegada de tus llanos, de tus montes, del riachuelo que me
vio crecer. La buscaste a través de caminos ondulantes, de cerros verdeazules,
de praderas repletas de parrones secos, de noches entumidas, de lunas llenas
junto a mi ventana.
Cruzaste puentes, rieles enmohecidos, estaciones
solitarias, hasta llegar a las calles de una gran ciudad, al ruido de la vida …
subiste escaleras hasta aquel rincón metido en mis recuerdos y cruzaste la
puerta para encontrarte conmigo, para cubrir esa silueta mía que te esperaba
desde el comienzo de todo.
Y luego viajaste de vuelta a través de un cielo claro,
de océanos inmensos, iluminada de un sol cegador que no pudo deshacerte.
Así arribaste a mi paisaje actual para cubrir mi
espíritu de besos mojados.
(Chari González C. © 2011, Library
of Congress. Todos los derechos reservados).

No hay comentarios:
Publicar un comentario