jueves, 16 de agosto de 2012

NIEBLA...


Te pareces al humo que pinta cada cosa de un barniz blanco grisáceo. Todo lo que tocas se vuelve encantado. Como de fantasía. Salgo a mirarte, a beberte, a empaparme de ti la cara, el pelo, los ojos… Me quedo quieta, alimentándome de tu energía universal.

            Niebla mía, ¿de dónde viene tu vaho?
            ¿Quién te mojó las alas?
            ¿Qué aliento te trajo a mí?

            No vienes sola, porque una prístina llovizna te hace llorar rocíos plateados. Me moja los brazos extendidos hacia el cielo. Abro la boca y te bebo completa. Me llenas de un cosquilleo delicioso dejándome perlitas minúsculas sobre la nariz. Me río en silencio. Canto melodías gozosas.
            Niebla antigua, niebla mía de tiempos pasados… nunca me olvidaste. Viniste a mí queriendo encontrar la pequeña silueta que se quedó pegada de tus llanos, de tus montes, del riachuelo que me vio crecer. La buscaste a través de caminos ondulantes, de cerros verdeazules, de praderas repletas de parrones secos, de noches entumidas, de lunas llenas junto a mi ventana.
Cruzaste puentes, rieles enmohecidos, estaciones solitarias, hasta llegar a las calles de una gran ciudad, al ruido de la vida … subiste escaleras hasta aquel rincón metido en mis recuerdos y cruzaste la puerta para encontrarte conmigo, para cubrir esa silueta mía que te esperaba desde el comienzo de todo.
Y luego viajaste de vuelta a través de un cielo claro, de océanos inmensos, iluminada de un sol cegador que no pudo deshacerte.
Así arribaste a mi paisaje actual para cubrir mi espíritu de besos mojados.

(Chari González C. © 2011, Library of Congress. Todos los derechos reservados).

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